América Latina en la victoria contra el nazismo

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Niko Schvarz

América Latina y el Caribe contribuyeron a la victoria de la Unión Soviética y los aliados en la gesta antinazi, que acaba de celebrar (el sábado 9 de mayo) sus 70 años en una conmemoración grandiosa en Moscú, con un desfile militar de envergadura, una manifestación popular de medio millón de personas y la presencia de 30 jefes de Estado extranjeros (entre ellos los presidentes de China y la India, además de Raúl Castro y Nicolás Maduro), sumados a la del secretario general de la ONU, Bank Ki-moon. Estas conmemoraciones se reiteraron en ciudades de los países que constituían la antigua Unión Soviética y en diversas capitales del mundo. Es un buen momento para destacar el movimiento de solidaridad con la URSS que se desarrolló en los países de nuestro continente, Uruguay incluido, después del artero ataque nazi contra el país socialista, el 22 de junio de 1941. Este movimiento solidario revivió el que se había desplegado en ocasión de la defensa de la República Española contra el franquismo, que se entrelazó con la lucha por la recuperación democrática en nuestro país. Recordaremos también los tumultuosos acontecimientos que se sucedieron en Montevideo el día de la celebración de la victoria, a comienzos de mayo de 1945, que siguen vivos en mi memoria.
Tengo a la vista un material histórico que sintetiza los principales acontecimientos en esta materia a partir precisamente de la invasión nazi a la Unión Soviética, titulado: “América Latina y la URSS en la segunda guerra mundial. Un movimiento de solidaridad recorrió países latinoamericanos tras conocerse el ataque nazi en 1941”. El mismo día de la agresión, miles de habitantes de Buenos Aires se dirigieron al puerto para saludar a los marinos del buque soviético Tbilisi, que estaba allí anclado, y que después pasó por Chile, donde recogió un cargamento de carbón para Rusia. Otro hecho: en filas del Ejército Rojo luchó un grupo de latinoamericanos, formando parte de las tropas y de unidades de guerrilleros. El autor (Alexander Sizonenko) informa que conoció a varios de ellos, que lucharon como partisanos en las afueras de Leningrado, durante los casi mil días en que esta ciudad resistió sin rendirse el asedio nazi.
Al movimiento de solidaridad se sumaron diferentes organizaciones políticas y sociales latinoamericanas, que actuaban en tres direcciones. Primero, trasmitían apoyo político y moral a la URSS a través de manifestaciones, y de inmediato comenzaron a enviar ayuda concreta a los combatientes del Ejército Rojo. Así, los trabajadores cubanos recolectaron 40 mil cigarros y grandes cantidades de azúcar enviados al frente; los chilenos desplegaron una campaña para donar el sueldo de un día y organizaron el envío de un barco lleno de cobre a la URSS. El movimiento de solidaridad alcanzó máxima envergadura en México y en Cuba. En México participó la Confederación continental de trabajadores cuyo líder reconocido era Vicente Lombardo Toledano, que se empeñó de lleno en esta labor en la que participaron también figuras artísticas muy destacadas, de la talla de Juan Marinello, Pablo Neruda (reproduciendo lo que había hecho en el caso de la guerra de España) y Narciso Bassols, entre muchos otros. En el caso de Uruguay, la contribución consistía principalmente en el envío de carne a la URSS.
El tercer aspecto de este movimiento consistía en normalizar las relaciones diplomáticas con la Unión Soviética. Cuando el país entró en guerra ni siquiera había intercambio de embajadas. En octubre de 1942 Cuba se convirtió en el primer país en establecer dichas relaciones diplomáticas y después lo hicieron los países centroamericanos, en 1943 se sumó Colombia, en 1944 lo hizo Chile y Argentina se sumó al final de la guerra. A esa altura, eran 12 los países latinoamericanas que habían establecido relaciones diplomáticas con la Unión Soviética.
A esto cabe agregar que poco después del inicio de la invasión nazi, una serie de países del continente habían declarado la guerra a los agresores: en primera instancia, Cuba, Panamá, El Salvador, Costa Rica, Guatemala, Honduras, República Dominicana. En la segunda mitad de 1942 se sumaron Brasil (que envió tropas expedicionarias al frente de batalla) y México, y posteriormente lo hicieron Uruguay, Argentina, Venezuela, Paraguay y Perú.
La victoria de la URSS y los aliados se celebró en toda América Latina con una serie de manifestaciones de masas durante los días 8 y 9 de mayo. Varios jefes de Estado formularon al respecto declaraciones muy expresivas. El entonces presidente de México, Manuel Ávila Camacho, declaró: “Al enterarme del retroceso definitivo del ejército alemán, recuerdo junto con mi país los esfuerzos admirables del heroico pueblo soviético durante los años de la lucha contra las tropas fascistas”. El presidente de Uruguay, Dr. Juan José de Amézaga, expresó en mensaje a las autoridades soviéticas: “El pueblo y el gobierno de Uruguay aplauden su triunfo comprendiendo el sacrificio que se hizo en nombre de la victoria”. La URSS envió a figuras destacadas como embajadores a los países de América Latina, y recíprocamente. Por Uruguay, ocupó su embajada en Moscú el Dr. Emilio Frugoni, líder socialista que había desempeñado un papel destacado, como parlamentario, al oponerse al golpe de Estado de Gabriel Terra el 31 de marzo de 1933.
En el caso de Uruguay, como decíamos, la solidaridad con la Unión Soviética reprodujo el gran movimiento que se había desplegado en el país en apoyo a la República Española en la lucha contra el franquismo, desde el año 1936. Dicho sea de paso, en esta lucha, el de la Unión Soviética fue el único gobierno del mundo que apoyó a la República Española, en contraste flagrante con la actitud entreguista de las potencias occidentales, que dejaron la vía libre a los franquistas y a sus compinches, los nazis alemanes y los fascistas italianos. Recuérdese la masacre de Guernica, inmortalizada por Picasso. La lucha solidaria con España republicana se materializó a través de una red de comités populares de composición muy amplia, y consistió en el envío de ropas, abrigos y raciones alimentarias a los republicanos, en masivos festivales solidarios y en una campaña política que culminó en el gran mitin en 1938 que selló el final de la dictadura de Terra, abrió la vía a elecciones libres y al retorno a la legalidad democrática.
Lo que sucedió en Uruguay aquel día de mayo 1945
La noticia de la toma de Berlín por el ejército soviético, el izamiento de la bandera roja sobre la cúpula del Reichstag y la rendición incondicional de la Alemania nazi repercutió como un trueno en Uruguay. El 9 de mayo el pueblo se lanzó a la calle, en forma espontánea, sin convocatoria previa. Existía plena conciencia del significado de la guerra para el destino de la humanidad, y a ello había contribuido en gran medida la prédica del Diario Popular, cuyo secretario de redacción era Rodney Arismendi. El diario desarrollaba una campaña sistemática, con una información muy precisa, de todas las alternativas de la guerra en el frente ruso. También contribuía a delimitar los campos en el plano interno, entre las fuerzas políticas que apoyaban a los aliados y las que respaldaban al eje fascista (estas últimas eran fundamentalmente las del herrerismo). Las noticias principales también podían leerse a diario en los pizarrones de La Tribuna Popular, en 18 de Julio y Río Branco (hoy Wilson Ferreira Aldunate).
Ese día la multitud convergió sobre el diario “El Día”, en 18 de Julio y Yaguarón, y expresó su indignación porque esta había colocado en su frente las banderas de los países aliados, excluyendo la bandera soviética. Era una actitud cavernaria del diario de César Batlle Pacheco, del sector más regresivo del batllismo, que con anterioridad había batido todos los records en materia de anticomunismo cerril al no brindar información alguna sobre un partido de fútbol en el Estadio Centenario entre un equipo soviético y otro local. La gente expresaba a viva voz su indignación, cuando irrumpieron las fuerzas policiales a caballo y repartiendo sablazos a diestra y siniestra. El ministerio del Interior estaba a cargo de Juan Carlos Gómez Folle, un ejemplar recalcitrante de macarthismo pura cepa. La gente resistió los embates, dio por tierra con varios caballos, pero vinieron refuerzos y tuvo que derivar hacia las calles laterales. El objetivo era limpiar 18 de julio, pero los manifestantes volvían una y otra vez, y luego se atrincheraron en los bancos de la Plaza Cagancha. De allí también fueron desalojados. Yo estuve presente. Finalmente nos refugiamos en el Cine Ambassador, en Julio Herrera y Obes casi 18 de Julio, un cine muy lujoso. Me acuerdo muy bien, porque yo nunca había entrado. Los policías irrumpieron en el hall con los caballos, alguno se resbaló y cayó al piso, nosotros nos refugiamos en las localidades superiores, la policía quedó montando guardia a la salida. Dos o tres horas después del inicio de los incidentes, vino en persona Gómez Folle para asegurarnos que podíamos salir sin contratiempos. Era pasada la medianoche. Así se celebró en Montevideo el día de la victoria sobre el nazismo, 70 años atrás.

Publicado en LA ONDA digital, Nº 718, 11 de mayo 2015

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